lunes, 21 de noviembre de 2016

La Aviación General: Un bien imprescindible (II)

Una herencia franquista


Pero... ¿porqué tenemos lo que tenemos? Es triste decirlo, pero la principal razón del atraso y la incultura aeronáutica de España, la encontramos en la historia bélica del S.XX: no participamos a las guerras adecuadas (desde este punto de vista, se entiende: ¡ojalá no hubiéramos tenido que vivir ninguna!).
La I G.M. supuso un salto de gigante para los sectores aeronáuticos de las potencias europeas, e hizo que los Estados Unidos vinieran a Europa a aprender y le dieran a la aviación la importancia que tenía. Con las industrias aeronáuticas europeas saturadas, alguna empresa española como la Hispano Suiza aprovechó para fabricar y vender motores a las potencias en conflicto. Los fabricantes europeos, no estaban para servir material más que a sus propias jóvenes fuerzas aéreas, así que en España se inició un proceso de concursos con la industria nacional para abastecer los servicios militares propios. Cuando se estaban a punto de adjudicar contratos, y ya se había hecho el esfuerzo de diseñar y construir prototipos, se acabó la guerra, y un alud de material militar europeo dado de baja vendido a bajo coste inundó el mercado. Así mismo, existían una miríada de jóvenes pilotos que habían aprendido un oficio prometedor y querían vivir de él: volar. Al acabar la I Guerra Mundial Europa y Estados Unidos vivieron un gran crecimiento y desarrollo de la aviación civil gracias al salto que supuso la evolución tecnológica de la guerra y a sus "réditos" en términos de material y formación de recursos humanos. España, no. Sólo los militares habían aprendido la lección y llenado sus filas con material dado de baja de países vecinos.



A diferencia de las naciones que habían vivido la importancia estratégica de la industria aeronáutica y empezaban a mimarla en tiempos de paz, el apoyo oficial aquí fue mucho menor. Aún así, pequeños grupos de entusiastas creaban aeroclubes, promovían exhibiciones, se encontraban en competiciones aéreas... Aún tratándose en general de aventuras de gente pudiente y "entusiastas con opciones", en los años 20 y la primera mitad de los 30 nuestra aeronáutica podía ser considerada como "casi normal", pese a sufrir ya cierto atraso respecto a nuestros países vecinos. Es significativo por ejemplo que la nuestra fuera la única presunta "potencia" de Europa Occidental que nunca participó en la Copa Schneider, un carrera de hidroaviones en la que los países industrializados medían su tecnología aeronáutica haciendo competir los mejores bólidos que eran capaces de presentar, y que algunos de los estados participantes llegaron a considerar prácticamente una cuestión de orgullo nacional.



Una vez más, la Segunda Guerra Mundial evidenció a las potencias participantes el valor estratégico de la aviación. Hay multitud de datos extraordinarios, pero sirva indicar que al empezar la guerra, en los Estados Unidos la aeronáutica era la 87ª industria del país en valores de producción; al acabar la contienda, era la primera. 70 años más tarde, todavía no ha perdido el indiscutible liderazgo mundial del sector. La II G.M. dejó a los estados europeos participantes llenos de pequeños y sencillos aeródromos, pilotos militares desmovilizados que volvían a sus trabajos pero con una nueva afición que no querían dejar, mecánicos de avión, material de entrenamiento válido como avión particular o de escuela, fábricas de aviones y motores plenamente operativas... Los gobiernos, entendieron que mantener viva esta red de infraestructuras, industria y recursos humanos era un valor en sí mismo, y aplicaron políticas de difusión de la aviación, subvención al deporte aéreo, al transporte aéreo, a la fabricación de aeronaves... Todavía hoy, todos estos países disfrutan las rentas de aquellas políticas (y muchas de ellas, siguen vigentes hoy en día, con mayor o menor intensidad), que los han convertido en “países con cultura aeronáutica” que se han convertido en potencias comerciales e industriales en aeronáutica, y los campos de vuelo improvisados por uno u otro bando han sobrevivido protegidos como un bien de la población a la que da servicio, tuviera la actividad que tuviera.
Pero en España, en lugar de la II G.M. sufrimos la Guerra Civil. Durante este conflicto y por primera vez en la historia de la humanidad, la aviación se reveló como un arma clave, tanto como para ser el principal elemento de las ayudas de la URSS y Alemania a uno y otro bando de la contienda. La superioridad aérea impuesta finalmente por la Legión Cóndor enviada por el III Reich, fue decisiva en la victoria franquista, y quedó patente que sin este dominio del aire, no era posible ganar batallas en tierra ni en el mar: las reglas de la guerra habían cambiado y la aviación ya no era un elemento complementario, sino la clave de las victorias. Desafortunadamente, en España vencedores y vencidos compartíamos país, de modo que la misma razón que llevó a Francia y Reino Unido a promover la aviación en sus territorios, llevó al régimen franquista a hacer justo lo contrario: a reducirla y controlarla centralizadamente. Así, hasta hace no mucho más de 30 años, toda actividad aeronáutica desarrollada en el estado tenía de uno u otro modo origen y control militar. O era regulada por el ejército o los títulos los emitía el Ejército del Aire o éste regulaba los permisos de actividad. Un gran número de comandantes de Iberia de cabello blanco, son ex-pilotos militares. Era un sistema cerrado, endogámico y que buscaba exactamente lo que consiguió: mantener a la población civil, y especialmente a la susceptible de no ser leal al régimen, de espaldas a la aeronáutica y sin acceso a ésta. ¡Y a fe que así fue! Aun hoy en día, la estructura y modus operandi de nuestra Dirección General de Aviación Civil, de Aena, de AESA... evidencian sus orígenes militares con unos usos y costumbres dignos de un monólogo de humorista: grandes servidumbres y niveles de gasto, burocracia retorcida a menudo del todo incomprensible y de dudosa utilidad, el “es que siempre se ha hecho así” como razón suficiente, la prohibición sistemática ante la ausencia de regulación, el “no” mientras no se demuestre lo contrario...
Para acabarlo de arreglar, durante los años de postguerra en España se vivió una etapa de aislamiento político que no permitía comprar material ni tecnología extranjera. Desde el 36 nadie en España había fabricado un avión (recordemos que durante el conflicto los comprábamos fuera, no nos los fabricábamos) y en Europa se había repetido el fenómeno del fin de la I Guerra Mundial multiplicado por 10: salto tecnológico, crecimiento y maduración del sector... Ante el aislamiento, el gobierno del estado decidió apostar por el desarrollo interno, realizando nuevamente esfuerzos en diseñar modelos de avión de transporte, de entrenamiento, de ataque... resultando una vez más una etapa de interesantes progresos. Pero llegó el período de apertura política y colaboración con los Estados Unidos, y el Tío Sam inundó nuestro mercado con buenos y económicos modelos de contrastada solvencia técnica, restos de la II GM y de la de Corea, que poco a poco fueron substituyendo, de hecho, los restos del último material que se empleó en la Guerra Civil y que todavía conformaba el grueso de la fuerza aérea y de la tierna aviación pseudo-civil española. Los numerosos campos de vuelo desplegados por “La Gloriosa” aviación republicana y por la fuerza aérea nacional, se fueron cerrando vacíos de actividad, y se mantuvieron sólo aquellos aeródromos con actividad y destacamento militar. Estos campos, prácticamente, configuran la red actual. Todavía hoy algunos aeródromos privados deportivos y reaperturas de aeropuertos autonómicos son campos militares de aquella época mantenidos precariamente a lo largo de 70 años.

Pero mientras renegamos del pasado franquista del país y nos gastamos el erario en arrancar monumentos que nos recuerden que aquello que nos explicaban nuestros padres y abuelos fue real, y fomentamos leyes de la memoria histórica haciendo museos de nuestro holocausto local y retornando la dignidad a los difuntos, permitimos que este atraso, herencia de un régimen fascista temeroso del enemigo interno más que del de fuera, se perpetúe; y los gobiernos de la democracia, aeronáuticamente tan incultos como el pueblo al que gobiernan, no han querido o no han sabido revertir la situación.

(Continúa en la siguiente entrada)

Carles Algué Cabré
Ingeniero Técnico Aeronáutico, consultor de aviación
Piloto comercial de avión

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