jueves, 10 de noviembre de 2016

La Aviación General: Un bien imprescindible (I)

Hace unos días me pasaron un artículo publicado en ITAVIA (revista del colegio de ingenieros técnicos aeronáuticos) que me gustó especialmente. Tanto como para ponerme en contacto con el autor, Carles Algué Cabré Ingeniero Técnico Aeronáutico, consultor de aviación y Piloto comercial de avión, para solicitar su reproducción en este blog a lo que accedió sin problemas. Advierto que no es nuevo y ya lo he visto publicado en otras webs en el último par de semana,s con lo que el efecto periodístico de la novedad se perdió hace tiempo por lo que si ya lo has leído no te voy a aportar nada nuevo pero, en caso contrario, permiteme que te lo recete en tres dosis ligeras para que no tengas excusa. Luego si quieres comentamos si estás de acuerdo o no, o que te parece ;-)


Hace poco estuve diez días en Brasil por razones de trabajo. En esa semana y media, en la habitación del hotel, no vería más de 30 minutos de televisión durante los cuales, mientras zapeaba por diferentes canales, vi un reportaje de los mundiales de acrobacia aérea sin motor que se estaban realizando en Polonia, otro que hablaba  de la operativa de los transbordadores espaciales norteamericanos, otro de un pionero polaco que en el siglo XIX fabricó un planeador similar a los de Otto Lilienthal, y un extenso debate a raíz del informe del accidente de Air France de 2009, en el que pilotos e ingenieros aeronáuticos explicaba multitud de detalles del vuelo de un avión de línea a alta altitud mientras exponían las conclusiones de qué provocó el accidente. Excluyendo las siempre jugosas noticias de accidentes, no es fácil encontrar al azar (ni con metódica premeditación) tanta información aeronáutica en la televisión de nuestro país a lo largo de un año, y son en cambio habituales niveles similares de divulgación de la aviación en los Estados Unidos, Canadá, Francia, Alemania...

Este hecho singular, me ha ilustrado muy claramente que España es un país totalmente “inculto” por lo que se refiere a aviación. Se podría decir que somos un país de analfabetos aeronáuticos. Al tiempo que Francia dedicaba el billete de 20 francos a Antoine de Saint Exupéry (aviador autor de El Principito) y a un Breguet XIV (avión que él mismo pilotó en la mítica Aeropostale), en España el entusiasta de la aviación conocedor de modelos de aviones y de la historia de la aeronáutica, es llamado “freaky”, puesto a la misma altura que un coleccionista de Star Wars, un fan del cine japonés o un apasionado estudioso del comportamiento sexual del caracol. Hasta  aquí, como uno de estos “freaks” de la aviación, simplemente siento a nivel personal que mi pasión no sea compartida por más gente y que tenga tan poco peso social y mediático. El problema, es que este hecho es la punta del iceberg de un problema mucho más grave de fondo, y es que nuestra incultura prácticamente nos expulsa del mapa mundial de un sector estratégico, y ni tan sólo somos conscientes de ello.




En España, los responsables políticos y directores de entidades de dinamización económica tienen un discurso referente a cuan estratégico es el sector aeronáutico para nuestro país. Se realizan planes industriales para apoyar o lanzar grupos industriales que puedan fabricar piezas y hacer cálculos para Airbus y Boeing. Y es que en este país, se entiende por “avión” a un transporte que tiene no menos de 100 plazas para pasajeros y dos turborreactores (a los turbohélices de 70 asientos ATR se los denomina “avioneta” en los telediarios, y sus valientes pasajeros suelen explicar que dan mucho miedo, “porque tienen hélice como los aviones de antes: ¿y si se paran?”). Se entiende por “aeropuerto” aquello que gestiona Aena, con un exorbitante coste de existencia, donde la seguridad y el seguimiento de la norma como religión priman por encima de todo (“todo” a menudo incluye el sentido común, así “seguridad” implique anular la razón de la existencia de aquella infraestructura, espantando a sus usuarios). Se entiende por “piloto” un señor con tres galones dorados en la manga y una gorra de plato, que arrastra un trolley por los pasadizos de un “aeropuerto”, para llevarnos a nuestro destino de vacaciones a bordo de un “avión”. Esto es lo que la población española conoce de "la aviación".



Aparte de estos conceptos y las huelgas de los privilegiados colectivos implicados en el proceso ("privilegiados" porque "todos cobran mucho dinero", a los ojos del ciudadano común), el español medio es más o menos consciente de que en algún lugar hay cuatro ricachones que vuelan aviones privados. Esta actividad es vista como totalmente prescindible, ruidosa, molesta, peligrosa, indeseable, y siempre realizada demasiado cerca de las áreas urbanas, naturalmente. Se debería realizar esta actividad en medio del desierto, siempre que no resultara ser incompatible por molesta con ninguna otra que allí sea llevada a cabo o resulte ser el hábitat de alguna valiosa criatura o vegetal.

Así, la misma población convencida de la necesidad y bondad de los “aviones, pilotos y aeropuertos”, no entiende en absoluto qué necesidad hay de que exista esa otra actividad de “avionetas”, helicópteros y ultraligeros. Y es natural, ya que nadie les ha hablado de ellos, no conocen usuarios, no tienen referentes cercanos, no saben para qué sirven ni qué utilidad tienen ni son conscientes de que puedan acceder a ella. Al español medio, simplemente, la aviación “no de transporte” le es completamente ajena.
Déjenme que les explique cuál es su necesidad. Miraré de hacerlo con un ejemplo  cercano de otro sector. España es una potencia en el sector del motor. En este país hay numerosas fábricas de coches, camiones, motocicletas... Siguiendo la tendencia natural del mercado, las pequeñas marcas han sido absorbidas por las grandes multinacionales, pero no hace falta mirar demasiado hacia atrás para recordar que de nuestro país han surgido la Santana, Pegaso, SEAT, Derbi, PTV, Iveco, Montesa, Sanglas, Gas Gas... Estas marcas de camiones, coches, motos, ciclomotores e incluso bicicletas crearon un tejido industrial, una red de talleres, escuelas taller, profesionales, salidas laborales para especialistas, mercado de repuestos... que hicieron de España un país relevante en el sector de la automoción (segundo productor de turismos de Europa, tras Alemania, y más de un 20% de las exportaciones del país). Miremos al deporte. Es sorprendente el palmarés de España en el mundo del motor y la rueda comparada con su promedio deportivo. Mirando 10 años atrás, tenemos campeones del Mundial de Rallyes, Fórmula 1, GP Motociclismo (todas las categorías), ciclismo, rallyes africanos, trial... ¿Son singularidades? No. El país, está lleno de peñas motoristas, clubes que compiten en rallyes, campeonatos locales y regionales de las diferentes disciplinas de motor en categorías de promoción, circuitos de todo tipo y niveles (desde circuitos de karts hasta instalaciones que acogen pruebas de los mundiales de F1 y motociclismo), circuitos de trial, circuitos de pruebas para certificaciones, tests, rodar espots de televisión, etc. Convivimos con ellos, nos parece natural. Todos conducimos vehículos a motor, y no es extraño tener familiares y amigos que trabajen en el sector. Los niños se plantean que tal vez quieran ser mecánicos de coche de mayores, hay un tejido de escuelas especializadas privadas y públicas. Es bastante habitual el coleccionismo de coches clásicos (todo un mundo en nuestro propio país), hay quien tiene un taller en casa porque tiene afición a la mecánica, iniciativas para construir un kart, diseñar un nuevo coche deportivo o un prototipo eléctrico... ¿Se dan cuenta de que en todo esto España destaca singularmente a nivel internacional?

La conclusión es obvia: el sector del motor en España, no lo componen SEAT y Fernando Alonso, sino una cultura del motor que permite que hayan llegado a existir SEAT y Fernando Alonso. Esta red no se soportaría sin los circuitos, campeonatos, escuelas, coleccionistas… que además y por sí solos, crean riqueza, puestos de trabajo y progreso. Así que asumimos como aceptables y normales los inconvenientes del motor: su contaminación, el ruido, el peligro, la siniestralidad, la contaminación de sus fábricas… incluso en su vertiente deportiva (la más “prescindible” en un análisis pragmático y poco pasional).
Pero, ¡hablábamos de aviación! La comparación es inmediata: pretendemos participar de los proyectos de Airbus y Ariane, pero se ahoga en lugar de promover el sector de trabajos aéreos, la aviación general y la deportiva. No se ve la necesidad de que exista una flota de aeronaves cartografiando el territorio (el nuestro o el de otros países en los que haya clientes), apagando incendios, instalando repetidores en montañas, manteniendo la red de distribución de energía, realizando viajes privados o compitiendo en actividades deportivas. Esta parte es la que se asume como un riesgo y un lujo innecesario, un privilegio de unos freakis. No hay que ir demasiado lejos para ver dónde se ensamblan los Airbus, dónde se hacen motores de aviación, los lanzadores Ariane, los súper ventas regionales ATR, dónde está la sede central de Eurocopter... En Francia naturalmente. Si echamos una ojeada a las cifras de la aviación general francesa y las comparamos con la española, encontramos lo que se puede esperar pero descubrimos la magnitud de la tragedia, que todo se multiplica por 20: el número de campos de vuelo, de aeronaves, de pilotos privados... ¿Adivinamos qué selección es la actual campeona del mundo de acrobacia aérea y fue campeona de Europa en el año anterior?



Increíblemente, nos encontramos también con que en un país con un coste de vida más alto que España y con una renta per cápita un 43% mayor, volar en un pequeño avión deportivo es... ¡más económico que en nuestro país! Podríamos pensar que el entorno acompaña, pero nada más lejos de la realidad: un tiempo lluvioso, con tendencia a la niebla y nublado la mayor parte del año, donde llueve y nieva más que aquí. Los franceses envidian nuestra meteorología. ¿Tal vez una estructura de espacio aéreo sencilla? Pues no mucho: toda la aviación comercial de Europa cruza Francia, tiene una densidad de población más alta que España, con gran número de aeropuertos comerciales y militares  que incluyen zonas de restricción de paso, pasadizos visuales, áreas reguladas de prácticas militares... Nuestro espacio aéreo está comparativamente bastante menos congestionado. No hay ninguna razón práctica: sólo una de tipo cultural. En Francia, todo el mundo tiene un vecino o un pariente que es piloto y que tiene un avión o es socio de un aeroclub, y en las afueras de cualquier ciudad de 50.000 habitantes, lo normal es que haya un pequeño aeródromo con un aeroclub (¡o 16 en el caso de París!) en el que hay una escuela de vuelo, un club de vuelo a vela, un taller de aviación... es un servicio más de la población, como el parque de juegos infantiles, el hospital o el polideportivo. No se concibe que no exista. No es extraño que los niños vayan allí a jugar o a montar en bicicleta, y crecen conviviendo con su aeródromo y con la aviación general como un elemento más de la sociedad en la que viven.

Aeródromos en Francia. Igual que en España
He tomado a Francia por ser ejemplo superlativo y cercano, pero podríamos estudiar Reino Unido, Suecia, Alemania, Holanda, Suiza, Chequia, Polonia, Estados Unidos, Canadá, Austria... la historia es la misma; España no aguanta una comparación con ninguno de ellos.

La conclusión vuelve a llegar sola: la aviación general o, más ampliamente para los puristas, la aviación "diferente de la de transporte de largo alcance" (carga o pasajeros) y la cultura aeronáutica, son imprescindibles para soportar un tejido industrial y profesional de un sector tan estratégico como el aeronáutico en diseño, construcción, operación, mantenimiento...

Y “el sector”, no “es” realmente fabricar partes de Airbus como proveedor: en otro entorno, esto debería ser sólo una consecuencia natural y no el rédito de un acuerdo político. Volviendo a Brasil, en mi estancia pude visitar Edra, una fábrica que construye unos pequeños hidroaviones de 2 plazas. Da trabajo a 100 persones, y exporta a todo el mundo, sobre todo a Australia y Estados Unidos. Es el sueño de un ingeniero aeronáutico (y piloto, campeón de Brasil de acrobacia aérea, por cierto) de 39 años. No es el resultado de un plan estratégico de desarrollo para producir puertas del A380 mediante acuerdos nacionales bilaterales. También disponía de escuela de vuelo, un pequeño centro de mantenimiento, distribución de otros modelos de aeronaves... y había puesto en el mapa la pequeña población en la que se encontraba, la cual adoraba el pequeño aeródromo de hierba que había en las afueras. Contra este escenario: en España, no hay aeródromo que valga sin plataforma vecinal pro-cierre, y cualquier denuncia por ruido es atendida inmediatamente y motiva que la policía se personalice en el aeródromo, porque han recibido información de que “de aquí salen aviones, y hacen ruido”. De tan surrealista podría parecer una invención, pero he vivido esta escena dos veces en un año. Podríamos probar a denunciar a ADIF o a RENFE por hacer circular sus trenes por las vías porque nos molestan, y enviar a la Guardia Civil a que inspeccionen si es cierto que es así: kafkiano, pero este es exactamente el escenario que se vive en la aviación general.

(Continúa en la siguiente entrada)

Carles Algué Cabré 
Ingeniero Técnico Aeronáutico, 
consultor de aviación y Piloto comercial de avión

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